El mejor equipo del mundo
Los que peinaban canas cuando éramos pibes contaban con variantes la historia de la única escuadra del mundo del fútbol que jamás había conocido la derrota, ni siquiera en los partidos amistosos que aquel combinado jugó a lo largo de su historia. Las fuentes de esta historia eran varias así que la información bien podía desvirtuarse ante tanta doctrina, pero si una era fiable y se trataba del viejo Antonio. Un hombre retacón con la piel tostada por dos soles tan lejanos, él de Argentina y aquel en Sicilia, vestido siempre con una camisa celeste que se asemejaba a la vestimenta empleada por otro de sus vecinos en eterna vigilancia desde atrás del mostrador del local que dirigía. Se encontraba dorando el cordero cuya grasa ya les sacaba un siseo a las brasas ahí en lo bajo, haciendo que una sensación primitiva nos atravesara y nos acercáramos más y más a la parrilla sobre la que el espécimen yacía a la espera del almuerzo.
—Era un equipo de soderos, los que se encargaban de traer sifones a lo largo y ancho de la zona, hasta la mismísima Creta que es donde nos encontramos.
—¿Soderos? La pregunta de Gastón salió rodeada de las migas de aquella bruschetta improvisada sobre los hierros ardientes, cuyas marcas verticales eran evidentes.
—Vendían soda igual que el viejo Miguel.
—¿Y ese quién es? volvió a soltar Gastón esta vez habiendo hurtado una lonja del borde de aquel manjar que ya estaba lista para ser arrebatada como la corteza de un eucalipto.
—Es el hombre que vive frente a la cancha de fútbol che, anda en un rastrojero blanco y lleva hielo también. Vos siempre en la luna che, replicó Lautaro.
—Eso mismo siguió Antonio, lo único que treinta años atrás llegaban dos muchachos en un Guerrero ocupándose de tomar los pedidos para las siguientes semanas.
—¿Hielo? Esta vez Gastón le había hecho cirugía mayor al cordero logrando extraer una costilla ante la mirada seria del parrillero que tapó con varias bandejas su obra de arte, reduciendo los rescoldos.
—No siempre hubo heladeras eléctricas dijo Sergio, la tecnología de antes era más primitiva.
—¿Ah sí?
—Es duro para entender expresó Lautaro mirando a Sergio.
—La cosa es que la gente que trabajaba en la fábrica de soda había formado un equipo de fútbol, primero para jugar entre ellos y después se anotaron en el torneo regional.
—¿Y ganaron algo o son como los muertos de Boca que la pechearon contra Ñuls en los penales?
—¡Callate cuervo! Sergio se levantó del asiento improvisado en un ladrillo sapo.
—Era su cancha, el Templo, está a medio terminar ¿no?
—¿De qué barrio sos San Lorenzo?
—Por favor, los dos son unos boludos discutiendo así masculló Lautaro.
—¡Vos sos gallina y no entendés nada! La respuesta salió al unísono de los labios de Sergio y Gastón.
—En fin, esa es toda la historia que yo recuerdo y ahora me voy a morfar dijo Antonio cargando el cordero trozado en las bandejas calientes.
Los tres amigos viendo que no ligarían nada se dirigieron hacia el centro del pueblo, ahí en donde una mujer atendía la heladería cuyo producto principal se intitulaba La Montevideo.
Lautaro pasó la cuchara de plástico por el fondo del pote blanco y se la llevó a la boca.
—El sabor a nada está bueno, ¿viste? le dijo Gastón sonriendo.
El aludido no contestó, el silencio era una buena forma de dejar conformes a los boludos pensó y no dijo.
—Así que un equipo invicto, eso es algo digno de ser visto soltó Sergio.
—Ustedes están invictos che, hace rato que no ganan nada.
—No empiecen de nuevo terció Lautaro, lo vi entrar al Moro al boliche de enfrente y le voy a hacer unas preguntas.
—¿De copas? preguntó Gastón riendo.
—No, al lado de él siempre anda Lupo y ese es más viejo que el otro así que capaz se acuerda de dicho equipo.
—Nos tomó el pelo Antonio, che.
Lautaro cruzó la calle casi vacía de las tres de la tarde metiéndose en las sombras del salón llamado Santa Cecilia y los otros dos se miraron. El sol lo había cegado un instante hasta que se acostumbró a las penumbras.
—¿Se te ofrece algo?
Lautaro miró al fondo, detrás de la barra y notó la presencia de Ragusa, ataviado con la camisa celeste y el mostacho que le era tan característico.
—Busco al Moro.
El ruido de una copa le advirtió sobre la presencia del susodicho.
—Servidor dijo el Moro levantando la copa de caña.
—¿Escuchaste hablar de un equipo de soderos?
—¿Los silenciosos?
—¿Así los llamaban?
El Moro se llevó la mano a los labios y dijo:
—¡Shhh! Y una sonrisa cubrió aquel rostro por lo general serio.
—Vos y tus amigos metieron plomo en mis máquinas dijo Ragusa.
Lautaro lo miro buscando la salida sin responderle, cuando se topó con Lupo que venía ingresando.
—Lupo.
—Gurí.
—¿Conociste a un equipo de soderos?
—¿Los silenciosos?
—Ya me hizo la joda el Moro.
—No, así le decían y Lupo se sentó al lado de su amigo.
—El pendejo este no es bienvenido.
—Nosotros tampoco y sin embargo te gastamos bastante.
—Siempre paga el Moro dijo Ragusa metiéndose detrás del mostrador.
—Entonces pibe, un equipo de soderos.
—Juegan al fútbol, ya deben ser grandes.
—Tienen mi edad, yo soy joven aún.
—Grandes en comparación conmigo.
—Ah.
—¿Juegan en algún lado?
—En la playa, durante enero.
—Se termina hoy dijo el Moro.
—Al atardecer se ponen a jugar contra cualquiera que se preste y no han perdido.
—Eso dicen soltó el Moro bebiendo un trago de caña.
—Buscalos cerca del Barco Hundido.
Lautaro salió al exterior notando que sus amigos no estaban, en el interior Lupo y el Moro se reían de la broma.
Se sentó cerca de la orilla con las zapatillas tomando el sol de las cinco de la tarde, mirando aquella mancha oscura que resaltaba entre las olas y cerró los ojos por un instante. Así se quedó hasta cerca de las dieciocho volviendo a otear los alrededores, estaba por empezar a concluir que Lupo lo había engrupido cuando vio a un grupo de hombres armando los arcos para un partido. Se acercó a ellos con las zapatillas sobre los hombros y les dijo:
—¿Puedo jugar con ustedes?
Uno de los hombres se dio vuelta y lo miró:
—Seguro pibe, pero hasta el crepúsculo nada más.
—Bueno, Lautaro no iba a preguntar nada más y así fue como se metió en el partido.
Los primeros rivales eran turistas que llegaron al lugar aceptando el combite de los ancianos, los que comenzaron a tocar el balón frente a las narices de los retadores que llegaron tarde siempre. El marcador terminó cinco a cero, retirándose los jóvenes soltando toda clase de improperios al aire. Lautaro ni tocó el balón, no hizo falta la verdad, viendo que enseguida caía otro grupo que seguía por idénticos derroteros. Alguna patada que no llegaba a destino, un intento de codazo que culminó con el perpetrador enrollado en el suelo al no encontrar al rival y el encuentro finalizado seis a cero.
Ya eran pasadas las 19:30 cuando el más veterano del grupo dijo que se tomarían un descanso, bebiendo agua aquellos hombres de muchos años y tantas batallas. El sol comenzó a irse en el oeste dejando un cielo violeta, de tormenta diría algún poblador del lugar y como respuesta la figura del otro hombre se recortó en el cielo crepuscular. Llevaba la 10 en la espalda y el brazalete de capitán en el brazo izquierdo, la pelota llegó a él y la levantó con la zurda, los demás se reunieron en torno a él dándole la bienvenida.
El siguiente match fue demoledor para los rivales, que no sólo no llegaron al arco de los soderos sino que se comieron una docena con seis de esos goles anotados por el diez. Cada festejo de los invictos defensores fue celebrado alrededor del capitán, quien concluido el encuentro saludó a los oponentes bebiendo un trago de agua con sus compañeros para luego perderse en la noche.
—¿Y adónde va? preguntó Lautaro.
—Regresa al otro lado, ya la luna viene y no puede seguir con nosotros.
Lautaro se quedó con la boca abierta, aquellos sujetos como movidos por una fuerza extraña se acercaban al pueblo días antes del final del primer mes del año y esperaban a su capitán, que llegaba al caer el sol como una sombra más. Ni siquiera no estando físicamente hacia cierto tiempo se perdía un partido con sus amigos de siempre.
—Boludo, ¿dónde te habías metido? oyó Lautaro y se giró viendo a Sergio y Gastón.
—Encontré a los soderos.
Un silencio que se hizo visible separaba a los amigos.
—¿Y qué tal juegan? preguntó Gastón.
—Parecen la Naranja Mecánica.
—En el pueblo se habla de unos viejos que apilaron contrarios hoy.
—Deberían ver al capitán de ellos soltó Lautaro mirando hacia la noche, que cobijaba la historia de aquellos jugadores y su habilidoso número 10.