UNA CASA DE MADERA
La ducha constituía el rito final de aquel día largo y de los que vendrían a unírsele. Las gotas, como proyectiles de una garúa, le besaron el rostro y golpetearon el cuello y la espalda antes de caer en la vorágine y la noche aguardando. Apoyó sus manos sobre los azulejos y luego la frente, las hormigas se habían retirado de entre las paredes así como dejado abandonado el enorme hormiguero que yacía debajo. Las arañas encontraban aquel sitio acogedor, su primera prueba fue en la casa de su exnovia. El padre de ella combatía sin cesar a las abejas durante el estío, era cuestión de que el calor llegara para verlas aparecer y los métodos se fueron agotando hasta aquella tarde de sopor y calor mezclados hasta ebullir.
Se levantó sintiendo aquel zumbido en lo profundo de su mente, pudo sentir sus movimientos entre los tirantes y a la reina acomodándose en el núcleo hasta que una voz horrorosa la golpeó sin previo aviso. Abandonaron a sus crías, las que morirían en aquel sitio inalcanzable para los humanos pero no así para otros seres. Giró el grifo y se dispuso a dormir en la casa cuyo único sonido era él de las gotas, el contador llegó a doscientos entrando así en el suelo profundo y reconfortante.