TODO DE MÍ
Una mole que resuma burocracia, las ovejas que se apartan del rebaño de los domesticados deben ser homogeneizadas y retornadas a las vías en las que la sociedad aguarda un comportamiento acorde a las exigencias: nacer, estudiar sin chistar y trabajar con la cabeza gacha. Al traspasar la puerta, la única entrada y salida ya que las ventanas presentan gruesos barrotes despintados, uno se vuelve en parte del unísono no distinguiéndose de los demás excepto por el uniforme blanco que genera pavor en su neutralidad. Los internos conservan los restos de su vida en el mundo encadenado, sujetados a las paredes del monstruo de cemento por la prisión de su mente en la que el único guía conserva algo de cordura para poder sacarlos del laberinto. Las prendas los distinguen entre sí aunque no hay diferencias al estar dentro de los muros en donde los gritos del silencio son acallados, el golpe de la frente sobre el pedazo de pared descubierto resuena como un trance hasta que alguno de los enfermeros acomoda al paciente en un sitio mullido y lo deja en el cuarto brillante reducido a un bollo humano en una esquina. El médico atraviesa los corredores en un crepúsculo cuyas sombras comienzan a agitarse preocupadas por no poder atraparlo en la red, de hecho ya consiguieron que otros se les unan pero éste parece mantener la mente a salvo y oculta en profundidades abisales. Abre la puerta interior de su celda amoblada con un pequeño escritorio, deja salir el vaho del encierro y enciende el primero de los cilindros cuya columna de humo se pierde en el cielo. Este se ha puesto su vestido gris anunciando la inminencia de la lluvia que volverá al otoño en un heraldo del invierno, no hay hojas en los árboles de las calles ni movimiento alguno excepto las ramas clamando piedad a su dios que yace ausente y no ha dado parte de enfermo. Cierra aquel hueco en la pared para decidirse a visitar a los reclusos, cruzándose con dos enfermeras cuyos rostros son desdibujados por la noche instalada eternamente entre los corredores mal iluminados. Se ajusta el botón de su guardapolvo dejando fuera las manos para poder calentarse en la única estufa que funciona, justo en la entrada a la sala en la que los internos se pasean sin rumbo fijo y se topa con su ayudante. El joven practicante tiene los ojos rojos del mal sueño, resaltando esto aún más la tez pálida en la que se han dibujado profundas marcas una vez que uno ha visto el abismo demasiado tiempo y no se apartó lo suficientemente rápido. Nota Alex entonces una especie de temblor que bien podría ser del frío calando hasta los huesos o en el peor de los casos la insoslayable verdad de que la demencia tiene una víctima nueva. Nadie está absolutamente cuerdo para el galeno, ni siquiera los que piensan que son normales que dejan escapar alguna que otra muestra de neurosis en la ansiedad por parecer lo más saludables entre café y café. El elemento que acompaña en su soledad al profesional cuyas teorías son puestas a prueba en cada jornada y descubre que no están equivocadas, sin querer pecar de soberbio.